sábado, 20 de junio de 2009

REPORTAJE A DIANA KAMEN EN REVISTA VEAMAS


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Critica Revista IMPERIO G

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jueves, 18 de junio de 2009

NOTA EN CLARIN ESPECTACULOS TEATRO: TENDENCIA EN LA CARTELERA PORTEÑA

Las madres de la escena
Los dos grandes éxitos teatrales, "¡Más respeto que soy tu madre!" y "Agosto", en clave grotesca o dramática, rondan en torno a la figura materna. Y hay otros ejemplos en la cartelera. Aquí, madres para todos los gustos. Por: Laura Gentile

La conflictiva, fluctuante, compleja y hasta en ocasiones pesadillesca relación madre hijos, parece estar copando las tablas porteñas. Son muchas las obras que exploran este vínculo: desde los éxitos de la temporada ¡Más respeto que soy tu madre! con Antonio Gasalla y Agosto, con un elenco encabezado por Norma Aleandro, hasta obras más pequeñas como Las llaves de abajo, de Daniel Burman y Damián Dreizik, La pipa de la paz con Mabel Manzotti y Carlos Portaluppi y los unipersonales de Gabriela Acher Algo sobre mi madre... todo sería demasiado y La madre impalpable de Jorgelina Aruzzi, entre otras.

No faltan preguntas. ¿Qué modelos de madre reflejan? ¿Qué obsesiones abordan? ¿Qué conflictos plantean? ¿Qué abruma a los hijos de las madres de hoy?

"Cuando te fuiste le rompiste el corazón a tu padre", le repite una y otra vez Norma Aleandro a la mayor de sus hijas, interpretada por Mercedes Morán en la multipremiada Agosto: Condado de Osage, contraviniendo el más básico sentido del cuidado y la preservación amorosa. Le seguirán otras tantas "dulzuras" dedicadas a sus otras dos hijas, personajes a cargo de Andrea Pietra y Eugenia Guerty.

En esta obra del estadounidense Tracy Letts -dirigida por Claudio Tolcachir-, la madre es el centro neurálgico, alrededor de la cual giran sus hijas como satélites desorientados y todo parece corromperse hasta echarse a perder.

Fue Mercedes Morán quien eligió el texto y lo adaptó para esta puesta. ¿Qué le atrajo de esta mirada? "Me parecen fundamentales los temas que generan problemas a resolver y en especial el vínculo madre e hijo, un vínculo que nos pasamos la vida resolviendo -contesta Morán-. Es la fuente de un montón de conflictos, es un espejo en el cual nos miramos para armar otros vínculos. Es el más fuerte de todos, el que más marcados nos deja, de hecho es recurrente en la literatura".

Mercedes Morán recuerda que la obra de teatro que marcó su debut, El efecto de los rayos gamma sobre las caléndulas, hablaba del mismo tema. "Y en Agosto -explica la actriz-, me pareció genial que la hija mayor, que es la que aparentemente tiene más claro la influencia de la madre sobre ellas y la que se siente con más autoridad en esa casa, es la que está más cerca de repetir el modelo. Era una paradoja bastante dramática. Uno cree que cuando puede ver el comportamiento nocivo de alguien ya está salvado. A veces eso no alcanza".

No contento con mostrar una madre, en Las llaves de abajo, el cineasta Daniel Burman -que debuta aquí como dramaturgo y director teatral-, las multiplica por tres. Ellas (encarnadas por las actrices Chela Cardalda, Elvira Onetto y María Rosa Fugazot) se mueven como criaturas especialmente creadas para atormentar al protagonista, Damián Dreizik, coautor de la obra.

Y aunque en la puesta no se refleje tan claramente, Burman asegura que intentaron reivindicar la figura materna. "En el sentido de que muchas veces esa relación se usa como excusa para todos los demás vínculos que no podemos resolver en nuestra adultez -explica Burman-. Es la gran excusa para no asumir nuestros vínculos adultos, para no hacernos cargo".

Según Burman, ese vínculo fundacional no deja de ser el pasado, "muchos no quieren resolverlo porque es más cómodo quedarse atrapado en esos pliegues que de alguna manera protegen, es un buen escondite".

En un registro mucho más naturalista, La pipa de la paz (protagonizada por Mabel Manzotti y Carlos Portaluppi) también focaliza la relación entre una madre y su hijo. Desencuentros generacionales, extrema intromisión materna y un cierre sin redención, como si, agotado, su retoño sólo pudiera decir: "es insoportable pero ¡qué le vamos a hacer!".

La puesta tiene algo de cliché: en oposición a una madre quejosa y terca, el hijo se gana la vida mediando en conflictos internacionales. La madre de Manzotti propone una identificación rápida a las señoras de las plateas. "Cada frase era un mazazo", asegurará -aún conmocionada-, una de ellas a la salida. Otra se secará las lágrimas en el momento exacto en que la madre se muestra más "controler" que nunca. Manipuladora total, la madre de Manzotti no se calla lo que tiene para decirles a sus hijas, aunque las lastime, actitud que reivindica con orgullo necio.

Si en cualquier manual de psicología básica la madre se erige como sinónimo de nutrición y refugio, en estas versiones es la pesadilla tan temida. Como tener el enemigo en casa.

En El tiempo y los Conway, de J. B. Priestley, dirigida por Mariano Dossena, la madre parece estar más ocupada en pasarla bien que en cuidar o corregir los defectos de cada uno de sus hijos. En La pecadora de Lorenzo Quinteros la madre infantiliza a su hija (la poeta uruguaya Delmira Agustini asesinada por su marido) con un trato aniñado aún a los 20 y tantos años.

Ninguna da remanso, ni contención, ni forma, más bien disparan, atacan, corroen personalidades. Los hijos no parecen muy capaces de defenderse o salir airosos de tal influencia. Están como anulados, atrapados en los conflictos, detenidos en el crecimiento. Los vínculos parecen forzados, obligados, no hay disfrute casi en la compañía familiar, ni alegría, más bien tristeza y desorientación.

Es aquí donde aparece, como excepción a la regla, como mancha blanca, ¡Más respeto que soy tu madre!.

"En esta obra la madre es la que unifica, no la que divide", explica desde España, Hernán Casciari, autor del blog de título homónimo sobre el que está basada la obra. Y agrega: "Es una madre que carga sobre sus hombros una crisis moral de su familia".

En clave de grotesco Gasalla encarna a Mirta Bertotti, ama de casa de 52 años, con esposo desempleado, suegro drogadicto y tres hijos problemáticos. Ella es capaz de entenderlo y apañarlo todo, desde el descubrimiento de la homosexualidad de su hijo hasta la prostitución vía Internet de su única hija menor.

Casciari cuenta que su madre (seguidora del blog desde el 2003) siempre se sintió identificada con Mirta. "No con los problemas de sus hijos -aclara el escritor-, pero sí con ese espíritu optimista y de conciliación".

Finalmente La madre impalpable, el unipersonal de Jorgelina Aruzzi -que espera volver a la cartelera porteña, mientras en agosto se presentará en Rosario- parece mostrar los resultados de las madres anteriores. Como si dijera: el retoño de madres así se convertirá en esto. Una madre treintañera que oscila entre el intento de ser cómplice de su hijo y un limbo de inseguridad y traumas propios que la superan.

Mientras las madres sesentonas se paran sólidamente en una acción represiva o desvalorizadora, las madres de hoy parecieran fragilizadas por el efecto de aquellas, llenas de fugas, dudas, angustias, desbordadas.

Ahora bien, es necesario nuevas preguntas. ¿Qué pasa con este abrumador espejo teatral? ¿Sirve? ¿Aporta algo al espectador? "No soy tan omnipotente de decir que una obra te va a cambiar la vida, sí creo absolutamente en el pensamiento -responde Mercedes Morán-. Como espectadora me ha pasado con algunas obras, una película, un libro, que se te revele algo. Que de pronto algo que no pasaba de un nivel mental acceda a otro nivel de conciencia que te sirva. No digo que una obra me cambió, pero yo puedo decir que un libro, una película me hicieron avanzar muchos casilleros de golpe en el camino de la felicidad".

domingo, 7 de junio de 2009

martes, 12 de mayo de 2009

Nota Pagina/12

PAGINA/12 SECCION ESPECTACULOS
Miércoles, 13 de Mayo de 2009

TEATRO › MARIANO DOSSENA Y LAS HISTORIAS DE EL TIEMPO Y LOS CONWAY

“Palabra, situación y vínculo”

Así describe el director las cualidades que lo llevaron a elegir y montar una obra del inglés J. B. Priestley, que a pesar de haber sido escrita en 1937, no queda reducida a su época. “El tema no resiste fronteras estéticas”, dice.
Mariano Dossena dirige un elenco mayoritariamente integrado por mujeres.
Imagen: Rafael Yohai

Por Cecilia Hopkins
Escrita por el inglés J. B. Priestley, estrenada en Londres en 1937, El tiempo y los Conway retrata los anhelos y frustraciones de los integrantes de una familia que vive en las afueras de Londres. Según anticipa el título de la pieza, con la idea de realzar los efectos devastadores del paso del tiempo, el autor intercaló entre el primero y el último acto –que transcurre durante una alegre velada, una vez terminada la Primera Guerra– un cuadro en el que se ve a los mismos personajes casi veinte años después, poco antes de comenzar la segunda gran contienda, sumidos en la desesperanza, a punto de perder todos sus bienes y la mayor parte de ellos, con sus ilusiones rotas. Así, el espectador puede asistir al fin de fiesta inicial con la ventaja de conocer de antemano el destino de toda la familia.
A pesar de las características de su estructura, su formato tradicional no hace de esta pieza un material demasiado frecuentado por los grupos de teatro. Además, los roles a representar son muchos: una madre, tres hermanas (la que sueña con ser escritora, la que muere muy joven, la que sólo desea casarse y la militante socialista) y dos hermanos, más amigos y pretendientes. No obstante, el joven director Mariano Dossena se animó a conformar el nutrido elenco (en el que se destacan Alcira Serna, Diana Kamen y Luis Gritti) para presentar la pieza en el Centro Cultural de la Cooperación, los domingos a las 20.30. Con una formación ecléctica (entre sus maestros figuran Juan Carlos Gené, Augusto Fernández, Rubén Szuchmacher y Luciano Suardi), Dossena recuerda este texto de Priestley desde que en la adolescencia lo leyó especialmente por su estructura, que lo aproxima al cine. Sin embargo, el aspecto decisivo fue otro. “Elijo una obra si me emociona y si a través de ella puedo contar algo de mí mismo”, precisa en una entrevista con Página/12. El director reconoce que, mientras estaba ensayando, les confiaba a otros teatristas el proyecto de su montaje y a muchos les parecía una apuesta fuera de época: “Me miraban raro, como si yo hubiese querido sacar a la luz una pieza de museo”, sonríe hoy. De alguna manera consciente de aquel peligro, para contrarrestar el efecto que también el tiempo pudo haber hecho con la obra, Dossena utiliza la traducción de Jaime Arrambide, que abunda en giros rioplatenses.

–¿Cómo eligió una obra que no tiene afinidades con las tendencias formales del teatro alternativo?
–Me decidí por un texto que podríamos llamar “clásico” porque vengo trabajando con autores muy sólidos en su textualidad, como Paul Auster o Marguerite Duras. Me interesa trabajar con la palabra, la situación y los vínculos. Y que exista una historia que contar. Me siento pleno a la hora de encarar un proyecto con el sostén de un texto potente: me gusta escuchar la propuesta del autor, que es para mí la materia prima del espectáculo.

–¿Cree que es difícil imponer en la cartelera una obra que está por fuera de las modas teatrales?

–En principio sí, porque sentí que era una propuesta un tanto alejada de lo que hay en el teatro independiente. Es una obra que cuenta una historia de época y de larga duración, más cercana, tal vez, a las que pueden verse en un teatro oficial. Pero a casi cuatro meses de funciones puedo decir que todo lo que pensé que tenía en contra, lo tuve a favor.

–¿Sigue vigente el tema de la familia en el teatro?

–Sí, tal vez porque es un tema que no resiste fronteras estéticas y en el que cada uno puede verse identificado o ver a “otros” en alguno de los caracteres que propone Priestley en esa familia tan particular. A veces me parece que los teatristas nos olvidamos un poco del público a la hora de pensar un proyecto, como si necesitáramos hablarles a otros colegas. Entonces el teatro se vuelve un hecho intelectual, una discusión teórica más que un hecho vivo, que entretiene y genera ilusión. Cuando veo obras solamente preocupadas por dialogar con el medio teatral, yo me aburro.

–¿De qué le habla esta obra al espectador de hoy?

–El tema más importante que maneja la obra es el de los deseos incumplidos y las oportunidades perdidas en la carrera por la supervivencia: los Conway toman malas decisiones, teniendo todas las posibilidades a su favor. La obra es una tanto cruel, porque los hijos confunden sus rumbos y porque todas las parejas que se forman tienen un final amargo. Pero está presente el humor, la ironía feroz, propia de J. B. Priestley.

–¿Cuál es su opinión acerca de las expectativas de la socialista de la familia Conway?

–Madge (Alcira Serna) es la mayor de las hijas, uno de los personajes más entrañables de la obra; es quien tiene los más altos ideales. Es una docente convencida de que, después de la guerra, la gente aprenderá la lección y “la civilización triunfará”. Los ideales incumplidos, el fervor apagado por la realidad, esto la vuelve reseca y resentida. Creo que podemos escuchar en ella la voz política de Priestley y el compromiso social con su tiempo.

–¿Por qué cree que el autor “mata” al ser más puro de la familia?

–En Carol está el mensaje más desesperanzador de la obra. En ella el autor quiso subrayar su mirada descreída sobre la condición humana: Carol sólo deseaba vivir, a diferencia de sus hermanos, que sólo anhelaban dominar.

–¿Qué representa el personaje del marido de la única Conway que se casa? ¿Se trata del capitalismo a ultranza?

–Sí, absolutamente, es el personaje diametralmente opuesto a Madge: a lo largo de la obra los veremos discurrir en cuestiones netamente ideológicas. Ernest es un yuppie de esa época que pasa de dominado a dominante y les hace tomar a los Conway de su propia medicina.

–¿Qué reflexión le merece la teoría que el hermano mayor explicita acerca del discurrir del tiempo?

–Esa teoría del tiempo es el leitmotiv de la obra. Priestley era un asiduo lector de J. W. Dunne, autor de Un experimento con el tiempo, donde exponía una concepción bastante particular: pensaba el tiempo como un espacio donde todos los sucesos de nuestra vida acontecen permanentemente, una línea imaginaria en la que los individuos nos desplazamos, pasando de una vivencia a otra. Lo bueno y lo malo, todo sigue transcurriendo ahí, en algún lugar. Así Priestley da a entender “luz y oscuridad” y que, cuando esto se comprende, “por el mundo vas tranquilo”, como decía William Blake.
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lunes, 27 de abril de 2009

"El Tiempo y los Conway" en Rosario, Santa Fé

"El Tiempo y los Conway"
J.B.Priestley
Sabados 16 y 23 de mayo 21 hs
Teatro Nacional
Cordoba 1331
Rosario, Santa Fé

viernes, 3 de abril de 2009

4° mes de exito y cambio de Horario Domingos 21:30hs


"Los Conway" entran en su 4° mes de funciones a sala llena !!!
a partir del domingo 5 de abril las funciones seran Domingos 21:30hs
Siempre en el Centro Cultural de la Cooperacion, Avda Corrientes 1543-CABA

gracias por acompañarnos!!!
Todo el equipo de "El Tiempo y los Conway"